Hay viajes que comienzan con un tiquete de avión, otros con una reserva de hotel. Pero algunos de los más memorables empiezan con una pregunta aparentemente sencilla.
¿De dónde viene realmente la arepa?
Hay discusiones que parecen no tener final.
Real Madrid o Barcelona. Caribe o montaña. Coca-Cola o Pepsi.
Y en nuestra esquina del continente existe una que lleva décadas sirviéndose caliente en mesas familiares, restaurantes, mercados y hasta en redes sociales:
¿La arepa es colombiana o venezolana?
Pero quizás el problema es que llevamos años haciendo la pregunta equivocada.
Porque cuando uno empieza a escarbar en la historia, descubre algo mucho más interesante que un simple debate gastronómico. Descubre que algunos de los platos más famosos de Colombia y Venezuela nacieron cuando ninguno de los dos países existía.
Y eso cambia completamente la conversación.
Antes de los países estaba el maíz
Hoy hablamos de cocina colombiana y cocina venezolana como si siempre hubieran sido cosas diferentes.
Pero mucho antes de las fronteras, las banderas y los himnos, los pueblos indígenas que habitaban ambos territorios ya cultivaban maíz, preparaban masas, cocinaban en hojas y compartían conocimientos a través de extensas rutas comerciales.
En otras palabras, la historia culinaria de Colombia y Venezuela comenzó siendo la misma historia.
Por eso resulta tan complicado atribuir la autoría de muchos platos a un único país.
Y también por eso resulta tan fascinante para cualquier turista que quiera entender qué hay detrás de lo que llega a su plato.
La arepa: una creación sin pasaporte
Si existe un símbolo gastronómico capaz de unir y dividir a colombianos y venezolanos al mismo tiempo, es la arepa.
Su origen, según coinciden numerosos investigadores de la gastronomía latinoamericana, se remonta a las culturas indígenas que habitaban la región mucho antes de la colonización europea.
Lo curioso es que ninguno de los dos países puede reclamar una fecha exacta de creación ni un inventor concreto.
Simplemente porque la arepa nació antes que ambos.
Con el paso de los siglos cada territorio le dio su propia personalidad.
En Colombia encontramos arepas santandereanas, paisas, boyacenses, costeñas, de chócolo o de huevo.
En Venezuela aparecieron versiones rellenas que se convirtieron prácticamente en una institución nacional.
Pero todas siguen contando la misma historia: la de un alimento ancestral que sobrevivió al paso del tiempo.
El tamal y la hallaca: la familia que tomó caminos distintos
Hay otra curiosidad gastronómica que suele sorprender a los viajeros.
El famoso tamal colombiano y la tradicional hallaca venezolana parecen platos completamente distintos.
Hasta que alguien observa con detenimiento.
Ambos nacen de una misma lógica ancestral: envolver ingredientes en hojas para cocinarlos lentamente.
La técnica ya existía mucho antes de la llegada de los españoles.
Después llegaron las carnes, las especias, las aceitunas y nuevos ingredientes que transformaron las recetas.
Con los siglos, cada pueblo moldeó la preparación a su manera.
Uno terminó convirtiéndose en protagonista de desayunos y celebraciones populares.
El otro acabó transformándose en una de las mayores tradiciones navideñas de Venezuela.
Distintos caminos.
Mismo árbol genealógico.
El sancocho que nadie discute
Curiosamente, existe un plato sobre el que casi nadie pelea.
Quizás porque todos sienten que les pertenece.
Estamos hablando del sancocho.
Ese plato que aparece cuando hay una reunión familiar, cuando un grupo de amigos se encuentra un domingo o cuando la excusa es simplemente compartir.
Su historia es también la historia de nuestra región.
Ingredientes indígenas, influencias españolas y aportes africanos terminaron creando una receta que hoy forma parte de la identidad cultural de ambos países.
Y aunque cambien algunos ingredientes dependiendo de la región, la esencia sigue siendo exactamente la misma.
Las cachapas y las arepas de chócolo: dos hermanas separadas al nacer
Muchos extranjeros descubren esta curiosidad cuando visitan ambos países.
Prueban una cachapa en Venezuela y semanas después una arepa de chócolo en Colombia.
La reacción suele ser la misma.
"¿Esto no es prácticamente familia?"
La respuesta es sí.
Ambas preparaciones nacen del maíz tierno y comparten buena parte de su ADN culinario.
No son iguales.
Pero tampoco son tan diferentes como parecen.
Y precisamente ahí está la belleza de la gastronomía regional: en esas pequeñas variaciones que terminan construyendo identidades propias.
Entonces, ¿quién inventó realmente estos platos?
Quizás esa sea la pregunta menos interesante de todas.
Porque cuando hablamos de la arepa, el sancocho, el tamal, la hallaca o las preparaciones derivadas del maíz, estamos hablando de recetas que fueron creadas, modificadas y perfeccionadas por cientos de generaciones.
No pertenecen a una sola persona.
Ni siquiera a una sola nación.
Pertenecen a la historia compartida de millones de personas que vivieron, cocinaron y dejaron un legado cultural que todavía hoy sigue alimentando a ambos países.
El turismo también entra por la cocina
Quizás por eso cada vez más viajeros llegan a Colombia buscando algo más que playas, montañas o ciudades coloniales.
Buscan historias.
Y pocas historias son tan poderosas como las que se cuentan alrededor de una mesa.
Porque detrás de una arepa recién hecha, de un sancocho servido en familia o de una receta transmitida durante generaciones, existe algo mucho más valioso que la comida.
Existe una memoria compartida que ninguna frontera ha conseguido separar.
Y tal vez ahí esté la verdadera respuesta al debate.
La arepa no nació para dividirnos.
Nació para recordarnos de dónde venimos.


